No sólo son textiles, sino historias.

Mis à jour : 3 déc. 2019

Elogio y reflexiones alrededor del textil, de México hasta Bolivia.


San Pedro Atitlán, Guatemala. Octubre de 2017. Una muchacha de pelo negro, largo y lacio, recogido con un moño, sonríe con orgullo mientras nos enseña su falda. Es una larga tela azul marino, que atraviesa de cuando en cuando una línea de puntos de colores que se siguen : « Mira. Es mi regalo de cumpleaños. Me costó 1000 quetzales, y tardaron días en tejerla. Mil quetzales son más de 120 euros, es una fortuna para un país donde no se gana mucho dinero… ¿Por qué elegir invertir tanto dinero en telas cuando el mercado actual propone unos parecidos? – o casi, la diferencia es evidente cuando uno ya conoce los tejidos tradicionales. ¿Cómo explicar este orgullo que tienen las mujeres al llevar la misma ropa, cuando nosotros buscamos tanto cómo distinguirnos?

Las calles de América Latina. Aquí y allá, mujeres sentadas con las piernas cruzadas, en una silla, un taburete, e incluso de pie. Telas coloridas, hilos abigarrados que se enredan y serpentean en unas rodillas gastadas. Diseños que se acumulan, se contestan, decorando la calle de un onirismo silencioso. Bordan un saber ancestral y bajo sus dedos expertos nacen historias que hablan por sí mismas y que no se pueden callar. Historias que los turistas se remueven sin entenderlas, y que sus propios hijos valoran menos y menos. América Latina de las paradojas, en este mundo donde el tiempo se acelera, se borda todavía, todo el día, al ritmo de las manos humanas, al favor de las temporadas, historias y tradiciones…

«Puedes saber de donde vienen las mujeres según cómo van vestidas», me dijeron un día. No recuerdo dónde fue, ni cuándo, ni siquiera quién me lo dijo, pero me acuerdo de estas palabras. Y lo pude verificar. En el sur de Bolivia, las mujeres llevan faldas cortas y coloridas, a veces de un solo largo que se dobla delante. A veces, llevan un cinturón para mantener la falda, a veces no. Hay tantas faldas como tradiciones, largos que cuentan mucho, y, sobre todo, un cuidado inmenso a la indumentaria que lucen cada mañana. Las observo, y mis ojos se pierden en los diseños, en los colores y las texturas de las telas que llevan. Las calles son los espejos multicolores de la riqueza de estas culturas en las cuales la ropa es todavía tan importante, tan cuidada, tan codificada... Aquí, las blusas de las mujeres brillan con bordados infinitos; allá, sus faldas vuelan entre las avenidas del mercado. Con mis zapatos de montaña y mis leggings de viajera, me siento muy poco elegante en medio de todas estas mujeres tan cuidadas.

Un día, unas muchachas de San Cristóbal de las Casas me «disfrazan»: me visten con sus ropas tradicionales y de pronto soy una «guëra» con falda larga y blusa bordada de flores coloridas. Ríen cuando me ven, me dan un espejo, y me quieren tocar el pelo que se enreda en las telas. Me siento como una princesa autóctona, pero ¡qué falta de confort! Me pregunto cómo las mujeres pueden, desde la más temprana edad, andar, correr, cumplir con todas las tareas cotidianas, con estas faldas de un solo largo que amenazan con caer en cada instante. Y, sin embargo, las veo en cada esquina, a estas mujeres vestidas de esta manera; en el mercado, en la tiendita cerca de mi casa, e incluso algunas entre ellas llevan a su bebé en la espalda o en sus brazos, mientras otras llevan flores o atados de leña que van a vender.


«Y tú, ¿no llevas más la ropa tradicional de tu pueblo?», le pregunto a Krystal, una de mis amigas de la Sierra Mixe (al Norte del Estado de Oaxaca, en México) mientras nos estamos preparando para ir a la fiesta de su pueblo. Ella ríe y hace una mueca. «No me gusta llevar vestidos. Es sólo para las ocasiones especiales, pero incluso en estas, no me gusta.» Pienso que, si existiera en mi pueblo una indumentaria tradicional, la llevaría y estaría orgullosa de ella, pero donde vivo, eso ya no existe… De repente, corrijo este pensamiento: al igual que me rebelé contra las faldas y las camisas que mi mamá me obligaba a llevar, seguramente rechazaría llevar la ropa tradicional si hubiera una. Influencia de las medias y de los modelos occidentales, uniformización… todos ríen al verme buscando un huipil bordado en el mercado, cuando ellos mismos ya no los llevan. El pensar en el efecto que me produciría la vista de una bretona en ropa tradicional me hace reír. Nosotros también perdimos, desde hace mucho tiempo ya, aquellas tradiciones…

No son simplemente ropas, sino historias, sin embargo. No hay ningún motivo, ninguna forma por casualidad. «Ves, los rombos aquí, son los motivos de las tumbas Zapotecas», me enseña un día un artesano de Mitla, pueblo de Oaxaca famoso por sus tejidos tradicionales. «Los puntos son los maíces, y las líneas, la muerte». Frente a mis ojos, las telas se llenan de historias fascinantes… Una verdadera cosmogonía, invisible para quien no tiene los códigos para leerla, se revela de repente. Me enteraré luego de que hay tantas historias como pueblos, tantas telas como lenguas, tantos colores como tradiciones… Hay colores para las ceremonias, bordados a veces, de circunstancia, y, ¡cuidado con quien se equivoque! En el istmo de Tehuantepec, al Sur de Oaxaca, en México, cuando se celebra la Cuaresma, las mujeres se visten con los colores de la noche: del negro hasta el azul marino, pasando por el morado, los célebres diseños de sus blusas se llenan de colores oscuros mientras sus pesadas faldas con volantes cuchichean al pasar.


Santiago Atitlan,Guatemala, plaza del mercado. ©ClémenceDemay, 2017.

Los hombres también tienen sus códigos. Si esta noche simplemente llevan unas camisas blancas, es muy común el verlos llevar sus propios trajes de colores brillantes, a veces más vivas aún que los de las mujeres, según el tipo de ceremonia. Poncho, guayabera, frente a las faldas y blusas bordadas, la distribución de los usos y de las indumentarias esta muy bien definida, como la del trabajo y de la sociedad. Y no se puede intercambiar. Cada uno tiene su lugar y si las fronteras de esta delimitación tienden a veces en hacerse menos estrictas - por la mecanización que hace el tejido accesible tanto a los hombres como a las mujeres, pero también por los imperativos de la comercialización en concurrencia con los productos de la contrabando y la gran distribución, a la emancipación relativa de las mujeres a dentro de los hogares y a la aparición de nuevas profesiones – es sin embargo esta organización ancestral la que integra este proceso de creación en una visión mas global de la sociedad, en una temporalidad propia.


Porque es esta temporalidad tan particular, la que fascina en América Latina: en una sola palabra, la lentitud. La lentitud de los procesos, la lentitud de la artesanía. El tiempo que uno necesita para tejer, el que necesita para bordar. Prepara una indumentaria de boda meses antes, si no son años. Se trata de otra temporalidad, de otra concepción de la repartición de las tareas y de las temporadas. De otra visión del infinito y del límite de lo que es hoy y ahora, siendo todo profundamente anclados en esto y dependientes. En las manos de las mujeres y de los hombres – callosas, heridas, de vez en cuando, rugosas, a menudo -, nacen los textiles, alquimia del tiempo pasado, del futuro y del presente. En un presente que no puede ser más presente, no son solo ropas, sino historias, las que nacen. Es la historia, no solo de un pueblo, sino de varios, que se oponen a la unificación arbitraria de centenas de años de Historia. La historia de una cosmovisión a la cual responde una organización de la sociedad; la historia de paisajes, de animales, de tradiciones, que lucen todavía con orgullo, testigos coloridos de lo que tal vez no se puede contar con palabras que desaparecen, y libros que quemaron. La memoria viva, a fin de cuentas, que honran y que perdura. La memoria, viva, en fin, que honran y que perdura. ¿Cómo comprender, entonces, que no se puede imitar unos saberes como aquellos? ¿Cómo comprender entonces, que cuando unos reproducen para la gran distribución los motivos ancestrales de las blusas de allá, se asimilan dos cosas que no se pueden comparar, dos universos, dos espacios-temporales, los cuales solo se parecen porque se llevan? ¿Cómo comprender, entonces, que detrás de este hecho anodino de une moda momentánea, de un desfile, de un creador careciendo de creatividad, se le quita a toda una civilización su identidad ?



Eduardo Galeano escribió un día que

« cuando le queman sus casitas de papel, la memoria encuentra refugio en las bocas que cantan las glorias de los hombres y los dioses, cantares que de gente en gente quedan, y en los cuerpos que danzan al son de los troncos huecos, los caparazones de tortuga y las flautas de caña.»[1]. ¿Y si los textiles fueran también, a su manera, este canto silencioso y colorido, hechos de paradojas y de mutaciones, testimonios de la Historia tejidos con historias, imagen de las calles de América Latina?

[1] Galeano, Eduardo, Memoria del fuego, Tomo 1 Los Nacimientos, siglo veintiuno editores, sa Cerro del Agua, México, D.F.



Por Clémence Demay



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Proyecto dirigido por Mondo Agit.

Revisora: Carmen Amado.

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